CUANDO LOS ÍDOLOS CAEN

Apareciste en mi vida sin permiso, sin tocar mi puerta y yo, sin querer defenderme, te dejé entrar. Con tu llegada iluminaste la obscuridad de la vida que traía y pude enterrar los vestigios de un corazón, que sin querer moría.

Te regalé lo que era y lo que dejaba de ser, todo lo que anhelaba y lo que no quería tener. Días de euforia, alegrías y éxtasis a tu lado pasé; tristeza y llanto también te entregué.

No imaginas como mi alma se regocijó cuando pude ver en tus ojos el arco iris del amor que bañó de colores un espíritu brotado de dolor, que tan sólo pedía calma para apaciguar sus temores, odios y rencores.

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Me abriste tu mano para que extendiera la mía, caminaste conmigo y sentí tu compañía.

Dejé atrás la amargura y la mentira; quise ser otra para complacer tus caprichos, te llenaras de orgullo y me devolvieras cariño.

Recibí tu ternura y el calor de tu pecho, escuché tus consejos y las palabras de consuelo; quise devolvértelo todo porque sabía que cualquier cosa que te diera, sería muy poco.

Tenerte cerca me daba el más grande placer, no hacía falta que dijeras nada, porque yo igual me conformaba; sólo sentía que te quería y que me inundaba la agonía si te dejaba de tener.

Tus deseos grandes o pequeños, te los intenté conceder, hacerlos realidad. Quise darte algo de mi felicidad, llevarte a la gloria y que me dieras tu amistad.

Aciertos y errores contigo aprendí; callé mi furia y olvidé mi soledad. Oculté mi rostro bajo otro matiz, para esconder la falsedad que había dentro de mí.

Esperé que te entregaras como yo soñaba, confundí lo prohibido con lo sentido y los celos envenenaron mi piel, por guardar miedos que nunca te dejé ver.

De sombras se cubrió mi futuro al llevar a cuestas las culpas que mi razón calló, para no darte inquietudes con una historia que nunca se escribió.

Durante mucho tiempo fui hilvanando con dulzura aquel lazo de delicias y encantos que me unía a ti. Fui prisionera de mi incertidumbre y desafié senderos para caer en una hoguera sin fin.

Quise hacer de cada episodio de tu vida una sinfonía que resonara de manera invisible en las miradas de quien tanto te amaba. Me hice invencible ante tus penas y con paciencia me entregué, a la frágil cadena que no me dejaba alejarme de ti.

Más hoy, me invaden fuerzas y amenazas que no puedo descifrar porque al ponerte al descubierto, logré ver tu imagen despojada de su ideal y aunque quiero implorar, ahora sé quien eres en realidad. Amargo castigo el que tengo que padecer, por haber sido cobarde ante una ilusión que expira y que nunca llegué a conocer.

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Condena que me enfurece por haber albergado fantasías y sueños inútiles, sacrificio vano para un héroe que nunca alcanzó el triunfo. Preludio de una tragedia que va coronando su plenitud y el despertar de un resentimiento, que demanda explicación ante la flaqueza y debilidad de un silencio, que no se convirtió en murmullo o en una respuesta.

Extraña y ajena me resulta la aventura que contigo quise emprender, trampas de un espejismo que en arenas movedizas después se convirtió. Ruinas de un engaño que por mucho tiempo me cegó; más ahora, al quitarme la venda, me ofrecen un ímpetu para elegir aquella encrucijada que me llevará lejos de aquí.

Devastadora es mi rabia ante la frustración que me deja este gran dolor, atormentando mi juicio con un martirio que se envanece frente al perdón. Reflejo de un destino que en algún momento me defraudó, al traicionar con vehemencia, las pasiones que mi mente secretamente escondió.

Confusión y desolación son los restos de una fiesta que jamás se celebró, porque tinieblas y dudas ensombrecieron el brillo de un principio que se derrumbó como el ocaso de una promesa pasajera.

Tantas cosas son las que hoy tengo que abandonar si quiero encontrar las huellas que me conduzcan al reencuentro de lo que un día yo fui. Vuelvo presa de un fracaso que me dejó sin aliento y vigor, pero retorno segura de poder cruzar de nuevo el camino con las cargas aprendidas, dejando a mis pasos, los atajos de instantes breves y fugaces, que no dejan herencia, que no dejan historias ni experiencias.

Rumbo nuevo que se me presenta en el horizonte al colocar ante mí, el espejo de la vida donde se transparentan sin sus máscaras, los rostros de los dioses falsos y donde descubres, que cuando tus ídolos caen, sus pedestales no puedes volver a levantar y lo que amabas de ellos, nunca más ha de volver a resucitar.

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“Tu ídolo se ha deshecho en el polvo para mostrarte que el polvo de Dios es más grande que tu ídolo”. Rabindranath Tagore.

 

SIBONEY PÉREZ V.

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