MIENTRAS TÚ DORMIAS

Esta tarde mi niña, te quedaste dormida sobre mi regazo cuando con una canción de cuna yo te arrullaba y, abrigándote con el calor de mi más tierno abrazo, vi que en tu rostro una débil sonrisa se dibujaba.

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Y así mientras dormías ¡tan serena!, ¡tan relajada!, te miré como nunca lo había hecho. Miré todo tu cuerpo que tan frágil y pequeño, se había entregado a la dulzura de un bello sueño; acaricié todos tus cabellos, que fueron la más fina seda que hayan tocado mis dedos; guardé tus suaves y delicadas manos dentro de las mías y sentí que tenía el mejor regalo, que nadie más podría ofrecerme.

¡Qué piel tan blanca la que mis ojos contemplaban! Que dejarían ciego al que con impureza te mirara y yo, que la tenía toda para mí apenas la rozaba, por temor a que sin querer mis manos te lastimaran.

Sí mi niña, mientras dormías yo te miraba, y tu cuerpecito sobre el mío se estiraba, ignorando que había unos ojos que sin permiso, tu dulce dormir vigilaban. Yo te abrazaba tan fuerte como podía porque confiaba, que mientras así te tuviera, nada malo te pasaría.

No me cansaba de mirarte, y mientras lo hacía, pensaba si me alcanzaría la vida para ayudarte a crecer y poder ver el día, en que ya tú no serías mi niña, sino toda una mujer. ¡Qué rápido pasará tu corta infancia!, dejando atrás la ternura que hoy trasluce tu inocencia.

Para cuando ese día llegue, ya no te podré cargar, porque tu cuerpo, será tan grande como el mío y tu cuarto, ya no estará decorado con los tantos juguetes preferidos, porque le habrán dado paso a los regalos, que te hará el ser, por ti querido.

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Ya no hablarás sola con tus pequeñas muñecas, ni preguntarás ansiosa cuántas velas te tocan de cumpleaños; tampoco vendrás a mí para que te lea el cuento de la cenicienta, porque el príncipe azul que esperabas, entonces habrá llegado.

No tejeré las largas trenzas que todas las mañanas adornaban tu cabeza; ya no llorarás con los payasos que te asustaban en tus fiestas, ni me llamarás gritando, cuando en la noche, una pesadilla te despierta.

Niña mía, ya no te veré sentada en los escalones de la escuela, ni me enseñarás tus tareas con las letras a medio trazar; pero si veré con que cuidado guardas en un libro una rosa vieja y te sonrojarás, cuando te diga, que eso significa amar.

¡Qué rápido se irán los días niña mía!, ¿dónde se quedarán grabados estos gratos recuerdos?, en tu ropita guardada?, ¿en los dibujos que me pintabas?, o ¿en el álbum de fotografías?

Mi niña, mi niña querida, no tengo tesoros que darte para igualar lo que en estos momentos tú me das, sólo tengo el gran amor que nace del mirarte y el gozo de saber que, sobre mi cuerpo, dormida te quedaste.

Sí mi niña, crecerás y yo tendré que entregarte al mundo, y lo haré, aunque con un inmenso dolor que se anidará dentro de mí en lo más profundo. Te irás de mi lado porque el destino así lo reclama, ya no buscarás el calor de mis viejos brazos, sino, el que te brinda, a quien tu corazón le hayas entregado.

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Te veré partir en busca de tu felicidad porque sé que a mi lado no la encontrarás, sólo te pediré que no llores cuando te marches, porque un dolor tuyo es lo que más me haría sufrir.

Tristes pensamientos los que me acompañan mientras duermes; no quisiera que despertaras para tenerte más tiempo cerca de mí, para que tu cabecita siga descansando sobre mi pecho y que tu lento respirar me haga volver a vivir.

¿Cuántas canciones de cuna te he cantado?, ¿cuántas veces por un llanto tuyo me he desvelado? Y, ¿cuántas veces en mis oraciones por ti he rezado?, no me importa el número, ya lo he olvidado; sólo sé que te tengo ahora como a nadie he tenido y que, hasta el día de mi muerte, serás mi don más bendito.

Decirte estas cosas cuando estás despierta no podría, porque tu niñez angelical no lo entendería; sigue durmiendo niña mía, que tu sueño es remanso de paz y de sosiego para un alma que llora mientras tu dormir, con ojos de amor contemplo.

¡Qué hermosa es esta tarde! Donde el sol arropa con su luz los mares, los jardines y las calles. ¿Hermosa?, sí, pero más hermosa es tu cara rosada que refleja más de mil paisajes y hermosa tu sonrisa, que envidian en el cielo hasta los más bellos ángeles.

Duerme mi niña, duerme, que mis brazos aún no están cansados y mis ojos no terminan de descifrar los secretos, que en los tuyos, hay guardados y mi alma, todavía se regocija e ilumina porque tu no has despertado.

Quisiera que el tiempo transcurriera lento, que cada minuto fuera eterno para tenerte por siempre así, como ahora te tengo, y poder seguir imaginando que eres mi sol, la luz de mis días y de mis horas y el motivo de todas mis alegrías.

¿Cómo hacer para aprisionar al tiempo en este momento sublime?, un efímero momento en que dos cuerpos se juntan, entregándose lo más sincero y limpio de sus sentimientos. Pero el tiempo mi niña es inexorable, y en cualquier instante tu despertarás, y tu sueño, que hoy ha sido mi más grande objeto de admiración, será un recuerdo agradable, que con nada de lo que de ahora en adelante yo viva, tendrá comparación.

Todavía no llega ese instante y te pido que me concedas unos segundos más mi pequeña niña, para seguir acariciando tus cabellos y besar tu cuerpo.

Hace horas que dejé de cantarte para que mi voz no rompiera este silencio y no perturbar tu cándido sueño; pero no he dejado de mirarte, de mirar a mi bella niña que en mis brazos se ha quedado dormida, y cuyo corazón, junto con el mío al unísono latía.

Ya vas a despertar, has empezado a moverte, tus labios rojos buscan desesperados mi pecho caliente y tus ojos, se abren frente a los míos, que lloran de emoción porque a la vida tú regresarás.

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Pero mi niña, antes que despiertes por completo, antes que tu cara se separe de la mía, antes que tus brazos dejen de abrigar mi cuerpo y antes que tu calor ya no se confunda con el mío, déjame dar gracias a Dios porque me permitió mirarte, mientras tú, en mi regazo dormías.

“Un hijo es una pregunta que le hacemos al destino”. José María Pemán

SIBONEY PÉREZ V.

 

 

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