EL ÁNGEL QUE CONOCÍ

Dios se nos revela de muchas maneras y formas, y lo podemos ver si uno está atento a las diferentes señales; lo he podido constatar miles de veces, pero sobretodo, cuando veo personas normales, ordinarias, sencillas, incluso en actos rutinarios.

Estaba yo en mi consulta atendiendo a mis pacientes, cuando recibo la llamada de alguien que quería que yo viera a su hijo de 12 años porque tenía una enfermedad que lo hacía convulsionar; quien mi llamaba era la mamá del niño, muy preocupada y angustiada porque veía que él estaba sufriendo y quería ayudarlo a sobrellevar la enfermedad.

Luego de una serie de preguntas de rigor, le di una fecha para mi encuentro con el núcleo familiar, constituido por ambos padres y otro hijo, menor que aquél.

Cuando tuve mi primer encuentro con R.R. (el niño que sería mi paciente), vi un niño muy delgado, muy pálido y taciturno. Esa primera conversación duró una hora, su tono de voz era pausado, bajo, firme, tenía la seguridad de saber perfectamente lo que estaba diciendo.

Sus padres, previamente, me explicaron todo el cuadro médico y los especialistas que lo estaban tratando, así como los cuidados que ameritaba para evitar complicaciones adicionales a las que ya tenía.

Por supuesto, la dinámica familiar había cambiado a raíz de toda la situación y la angustia y el temor era algo presente en su día a día. La vida les había dado un vuelco radical, cada uno de ellos lo experimentaba a su manera, pero R.R. era quien la sufría en carne propia.

1-PDmPP2u3db_vUWGlfj4kXwMis encuentros con él eran para hablar de sus sueños, sus ilusiones, sus juegos, hobbies, las “discusiones y peleas” con su hermano menor. Hablaba de lo que le gustaba del colegio, de sus amigos y de todo lo que conformaba su mundo infantil, no solo el real producto de su enfermedad, sino, el que se imaginaba iba a tener cuando se curara.

Como su familia, yo estaba consciente de los riesgos y pocas probabilidades de salir bien de esa enfermedad, sin embargo, la esperanza de que ocurriera un milagro para R.R. y que su vida, su niñez, fuera como la de todos los niños de su edad, estaba presente, que pudiera hacer las cosas que los niños sanos hacen, pero que, para él, en ese tiempo estaban prohibidas o limitadas.

A medida que íbamos teniendo nuestros encuentros, aunque a veces no podía acudir porque se sentía muy mal físicamente, yo iba descubriendo una fuerza interior muy grande en R.R., mucho más grande de la que puedo incluso ver en personas adultas y sanas.

R.R. estaba al tanto de todo lo relativo a su enfermedad, los doctores y especialistas que lo trataban le habían hablado muy claro para que pusiera de su parte en los cuidados extremos que tenía que cumplir. Estos cuidados incluían desde la alimentación hasta evitar contagio de virus, bacterias. Cualquier cosa podría afectarlo de manera considerable.

Hablamos mucho de eso, él se preocupaba por sus papás y por su hermano, algunas veces, llegó hasta sentirse culpable de ser el motivo de la preocupación de ellos, dado que muchas veces tuvieron que llevarlo de emergencia al hospital y no podía quedarse en ningún momento solo. Sentía que sí no estuviera enfermo, toda su familia podría hacer una vida normal.

Sin embargo, R.R. era un niño y tenía cosas de niño, me reía mucho con él cuando me contaba sus travesuras antes de la enfermedad, y también lo acompañé en sus sueños de cuando se graduara y pudiera ayudar a su papá en el trabajo y de poder comprarle ropa bonita a la mamá y juegos de computadora al hermano. Se veía en una casa grande con patio donde pudiera tener sus juguetes y mucho espacio para tener las cosas que quería tener.

La sonrisa se le dibujaba en el rostro cuando me hablaba de su comida favorita y al mismo tiempo, había en él un rictus de tristeza por no poderla consumir tanto como quería.

Sus ojos negros brillaban cuando me describía su materia favorita y de porqué le gustaba pasar tanto tiempo hablando de ellas, de sus lecturas y temas preferidos, entre ellos, la astronomía. Le gustaba por las noches ver las estrellas brillar y aprenderse el nombre de las constelaciones. Me decía que pasaba horas viéndolas como una forma de entretenerse, cuando por razones de los medicamentos, no lograba dormirse.

También habló mucho acerca de su enfermedad, de lo que pensaba y sentía y de cómo lo había impactado conocer gente con su mismo tratamiento y se había muerto. Hablamos sobre eso, en una oportunidad llegó a decirme “sé que los ángeles no nos abandonan en esos momentos y Dios nos espera con una gran sonrisa allá, donde están las estrellas”.

La pregunta que me hacía y aún me hago es la siguiente ¿es necesario que una personita experimente situaciones tan profundas y complejas a tan temprana edad? Siempre me asombré de su madurez y manera de encarar y enfrentar la enfermedad, pero al mismo tiempo veía en él una inocencia e ingenuidad pura, limpia, fresca. A veces me parecía estar en presencia de un adulto en cuerpo de niño y otras, de un niño con mente adulta. Era una síntesis que no es contradictoria ni ambivalente, aunque si me resultaba a veces, dulce y amarga.

 Como lo expresé anteriormente, su espíritu de lucha encarnaba al verdadero guerrero, a esos valientes que enfrentan al propio miedo y logran vencerlo, siempre aparecía, siempre estaba con él. Podía quejarse de dolor, sentir fastidio ante tantos medicamentos, de tantas visitas a médicos, de su cuerpecito frágil, delgado y cansado, y no obstante me decía, una y otra vez, “quiero vivir”, “quiero ayudar a mis papás”, “quiero seguir jugando con mi hermano”, “quiero ir al colegio”.

R.R. tenía una picardía cuando me contaba sus cosas y de lo que hacía para entretenerse durante tantas horas de tratamiento y cuando me las contaba, me hacía su cómplice al mismo tiempo, me repetía “no se los digas a mis papás”.

¡Por supuesto!  Que no lo hacía, principalmente porque no existía ningún riesgo para él y su tratamiento, otra razón era porque simplemente eran cosas que hacen un niño sano a esa edad.

Todavía tengo fresca en mi memoria una historia que construyó a partir de unos dibujos que le proporcioné. Era su propia historia vista desde los ojos tiernos y dulces de un niño, que, a pesar de ser muy maduro para su edad y las circunstancias, en esencia era un niño.

En su historia había risas, alegría, juegos, fantasías, sueños, anhelo de vivir, de disfrutar las cosas simples, pequeñas y diarias que ofrece la vida. Su mundo era un mundo mágico, un mundo de aventuras que quería realizar cuando se mejorara y eso era lo que lo mantenía vivo, ese era su propósito en la lucha y batalla que mantenía. En él no había resentimiento con la vida, no había “los ¿por qué a mí?” al contrario, había ilusiones, había esperanza, había ánimo, había sed de vida.

R.R. tenía otra cita conmigo y ya me había adelantado de lo que quería hablar en ella, de lo que me iba a contar, no sin mostrarme su acostumbrada picardía, le devolví una sonrisa cómplice, esa que nos había unido en otros momentos, ambos sabíamos “el secreto” infantil que compartíamos, su secreto, su secreto de cuando fuera grande.

Revisé mi agenda y vi que al día siguiente R.R. vendría a su cita; dispuse todos los materiales con los que iba a trabajar con él para aprovechar el tiempo juntos y obtener el mayor beneficio para él, porque a veces se cansaba mucho. En esos materiales estaba su sonrisa, su picardía, la alegría y la tristeza, la fuerza, la luz.

Llegó el día y ya estaba preparado todo, yo esperaba ver su carita mezcla de tranquilidad y alegría, de madurez y sabiduría, de juego y seriedad.

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R.R. no llegó a la cita conmigo, ese mismo día me notificaron que había ido a un encuentro mucho más importante que el mío, se había ido a visitar a Dios, desplegó sus alas y alzó vuelo para brillar en el firmamento junto a las estrellas que en la noche contemplaba. Abandonó su cuerpo frágil y débil que lo limitaba en su niñez, que le impedía jugar como quería, con la libertad que solo en sus horas de dormir tenía.

Su partida me ha dolido mucho por varias razones, por una vida que concluye de forma prematura, por unos padres que no tienen consuelo y por un hermano que pierde a su compañero de juegos, por las cosas y “pequeños secretos” que él y yo compartimos en las horas en que nos vimos.

R.R. fue el ángel que conocí aquí en la tierra y espero que, así como yo disfruté su presencia y conversación, Dios esté en este momento sonriendo cuando ve su carita llena de picardía.

Gracias R.R. por enseñarme a honrar la vida con ojos de niño, gracias por las horas compartidas.

Descansa en paz que ahora Dios es el guardián de tus secretos, ellos están a salvo.

“Los niños están continuamente ebrios: ebrios de vivir”. P. J. Toulet

SIBONEY PÉREZ V.

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