EL ESPEJO DEL TIEMPO

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Esta mañana abuelo cuando me asomé por la ventana estabas sentado cabizbajo en el banco del jardín; llevabas puesto tu sombrero de paja, aquél que en el cumpleaños de la abuela te empeñaste en lucir, y en las manos sostenías el bastón, el bastón con el que me amenazabas si agarraba tus periódicos para hacer mis barcos de papel.

Encendiste tu pipa, sí, la misma que te regaló mamá cuando tú y la abuela cumplieron sus bodas de coral; guardaste tus lentes de delgado cristal y sin saber que yo te miraba, comenzaste a llorar.

Y mientras te miraba recordé sin querer mi niñez y con ella recordé también parte de tu juventud. Recordé esos días en que tu y yo disfrutábamos juntos de la vida, cuando no nos importaba que el tiempo pasar o se quedara en completa quietud.

Recordé aquellos días en que íbamos a jugar al río y nadábamos hasta que el cielo se convertía en una sola penumbra, y de las veces que fuimos a ver los pájaros, mientras bebían agua en la laguna.

¡Qué de veces jugamos a piratas y corsarios! Nuestro botín favorito siempre fueron las galletas que mamá y la abuela escondían en el armario. ¿Te acuerdas abuelo de la vez que nos llenamos de barro de los pies a la cabeza y nos bañamos con la lluvia para que nadie en la casa lo supiera?

Recordé también aquel verso  que un día te regalé y que decía: “Yo tengo un abuelo que es zapatero, plomero y un viejo barrigón”, ¡Cómo te reíste! y hasta me diste unos golpecitos con tu inseparable bastón.

¡Cómo nos divertíamos en eses años!, cuando papá o mamá me regañaban, tú me guiñabas el ojo en señal que harías algo para que se les quitara el enojo. ¡Qué de cosas juntos vivimos!, nuestras peleas de vaqueros e indios; las competencias de cometas, trompos y metras que en el verano tu y yo hacíamos.

¿Y recuerdas las tantas veces que jugamos a policías y ladrones?, ¿y de la vez aquella, que por estar correteando por la casa, le rompimos a mamá sus finos jarrones?; ¿verdad abuelo que en esos días éramos tan felices y que cuando estábamos juntos no había nada que nos pusiera tristes?

No recuerdo una hora de mi vida en que no estuvieras junto a mí; mamá, papá y la abuela te decían que me estabas malcriando y tú les contestabas que no ibas a dejar de disfrutar los ratos que conmigo pasabas jugando.

Recuerdo aquella vez que me enfermé y te negaste a salir de mi cuarto y pasaste la noche en vela, porque por mí estabas orando. Y de la vez que te dije que no quería crecer para no separarme de ti, me abrazaste y con lágrimas en los ojos me comentaste: “En tu corazón yo siempre estaré junto a ti”.

Hay tantas cosas que hoy acuden a mi memoria; las veces que me esperaste sentado en la acera del colegio, las casitas de madera que hacías con tanto esmero y de los muñecos de plastilina que pegabas en mis cuadernos.

¿Y qué me dices del columpio que pusimos en el patio de la casa?, ¿y de las botellas que llenamos con las piedras de colores que recogíamos en la playa?; ¿te acuerdas cuando me enseñaste a montar en bicicleta?, ¿y de cuando nos quedamos dormidos después de habernos comido los dulces de la fiesta?

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Sí abuelo, hoy recuerdo eso y más, porque también recuerdo que fuiste mi compañero de juegos, mi amigo y mi protector; fuiste mi Don Quijote, mi héroe y un viejo príncipe azul. Le diste luz a mis días y pusiste sonrisas en mis horas de melancolía; junto a ti fragüé mis sueños y supiste guardar mi secreto más pequeño. Enjugaste una a una todas mis lágrimas y escribiste en el libro de mi vida, muchas de sus páginas. Con tu cariño me ayudaste a crecer y me enseñaste, que al amor, no hay que dejarlo perder.

Me inspiraste fuerza cuando un obstáculo me hacía caer y me infundiste respeto por los que tienen algo que ofrecer. Fuiste el guía en el camino de mi adultez y el consuelo infalible durante mi niñez. Siempre tuve el apoyo de tus fuertes manos, siempre encontré utilidad en tus consejos sabios y siempre vi en tus ojos, el amor que me has profesado.

Me obsequiaste todas tus riquezas, que fueron, amor, ternura, calor, comprensión y paciencia; me entregaste con tus años todo un mundo de ilusión y dejaste que viviera mis fantasías, sin burlas y sin temor.

Abuelo, tú fuiste mi ángel guardián, mi genio y mi valeroso capitán; fuiste un apuesto caballero, un galante rey y mi más leal guerrero.

En mi vida fuiste el fuego, el trueno y la tempestad; fuiste todo lo bello, lo noble y toda mi verdad. Me donaste tú ayer como el más costoso de los regalos e hiciste de mí, el mejor alumno de tus lecciones y a cambio, no exigiste pagos ni pusiste condiciones.

Es por todo eso abuelo que esta mañana cuando te vi sentado en el banco del jardín, yo también lloré; tuve que hacerlo por no poder contener el grito de desesperación e impotencia que nacía en mi pecho, por no poder detener el tiempo que transcurre sin clemencia. Lloré por los dos abuelo, porque tú y yo no podremos regresar al pasado, porque se nos han borrado los pasos que en él dejamos marcados.

Lloré abuelo por tus canas plateadas, por el brillo que ya se les acaba y porque no sé, si para ti habrá otro mañana.

Lloré abuelo por tus labios cansados, porque ya no sonríen, porque no dicen palabras que ahoguen mi llanto.

Lloré abuelo por tus ojos, que de tristeza se han llenado, porque no veo me imagen en ellos reflejada y porque no les puedo pagar el amor, con que siempre me miraron.

Lloré abuelo por tus manos arrugadas y temblorosas, que dispuestas estaban para una caricia, porque dejaran de ser mis guías y porque no serán más, el abrazo que siempre me dormía.

Lloré abuelo porque en mil surcos se ha convertido tu rostro, porque ya no expresa ningún asombro y porque tú y yo, dejamos de ser un nosotros.

Lloré abuelo por tus pies que dan pasos vacilantes, porque han perdido el camino que un día juntos labramos y porque no me seguirán en las luchas que me quedan por delante.

Lloré abuelo por tu cuerpo que ya no está erguido, porque perdió la fortaleza que le dio ánimos al mío y porque ya no albergará el calor, que siempre compartimos.

Lloré abuelo por tus sueños escondidos que no se realizaron, por los miedos que nunca confesaste y por las lágrimas, que en silencio derramaste.

Lloré abuelo por todas tus esperanzas, por todo lo que en tu vida no se hizo realidad y porque ya te queda muy poco de felicidad.

Lloré abuelo porque de repente te me hiciste viejo, porque tu voz es un murmullo quedo y porque hoy como nunca sé ¡cuánto te quiero!

Sí abuelo, esta mañana lloré, lloré porque somos eslabones de una frágil cadena, porque perdemos la vida sin darnos cuenta, porque olvidamos en el tiempo las cosas buenas.

Abuelo, pídele al tiempo que vuelva, que escuche mi lamento, que te deje conmigo, porque eres lo único que tengo. Y si el tiempo no te escucha abuelo, déjame entonces tu sabiduría, tus deseos y tus muchos recuerdos; déjame la pureza de tu alma, tus anhelos y tu paz, déjame tu gloria, tus plegarias y tu bondad.

Déjame abuelo tus huellas, tu inocencia y tu serenidad; déjame tu fatiga, el aliento de tu espíritu y tu soledad; déjame tus tristezas, tus virtudes y las cosas que encontraste bellas; déjame tus placeres, tus dudas y tus callados dolores; déjame tu desesperación, tu amargura y tu resignación.

Abuelo, yo sé que el tiempo no tiene grietas, que no perdona el viaje de la existencia, que no regresa aunque uno lo quiera y que no podemos burlarnos de él.boys-1782427_1920

Por eso abuelo, alguna vez volveré a llorar por ti, no será hoy, no será mañana, será el día
en que yo también me siente en el banco del jardín y le suplique al tiempo que espere, que se detenga, que retroceda, porque el tiempo que se va no vuelve, y si vuelve, ya no será el mismo. Pero lloraré también por mí, porque esta mañana abuelo cuando te miré, comprendí que tu vejez será del tiempo mi único espejo y porque ese día, al igual que tu, sabré que me hice viejo.

“Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y una de las más difíciles del gran arte de vivir”. Amiel

SIBONEY PÉREZ V.

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